Era uno de esos días en los que mi mente me jugaba malas
pasadas e insistía en ahogarme en dudas y remordimientos, uno de esos días en
los que uno dudaba si las cosas que hacía en ese momento eran las correctas.
Listo para cambiar de rumbos aunque sin saber a dónde dirigirse.
Me encuentro caminando hacia la parada de autobús y hago mi
recorrido de siempre. Saludo al guardia de la institución gubernamental por la
que paso diario, camino frente a catedral metropolitana dispuesto a entrar a
hacer la pequeña oración diaria. A lo lejos, veo a un viejo vagabundo que me
espera diariamente, un vagabundo con el que converso un momento y le doy el
poco apoyo económico que puedo brindar con la mejor de las intenciones. Pero
esa vez estaba desmotivado, una parte de mi cabeza decía “siempre te espera solo
por el dinero, mira cómo se aleja en cuanto le das una moneda, ojalá no te
hable hoy, no tienes ni siquiera monedas para el camión”. En eso estaba mi tren
del pensamiento, cuando lo veo acercarse con una sonrisa penosa. Me detengo por
costumbre y me sorprendo al ver que esta vez, era yo quien iba a recibir algo.
Sonriendo me extiende un paquete de dulces, y me dice “toma, te guardé esto”. Lo miro sorprendido.
Dudo un segundo en tomar el paquete intacto de pastillas de menta. Lo rechazo
una vez, pero el viejito insiste. Pienso para mis adentros “Estaría mal impedir
que esta persona exprese su gratitud”. Y tomo el paquete un poco confundido.
Sonríe y se va.
“Mira cómo se aleja en cuanto te da una muestra de gratitud”…
Entro a catedral y escucho como el padre habla de encontrar
a Dios dentro de nosotros y en las personas que nos rodean, en encontrar a
Jesús en el mundo, en las señales que tenemos durante el día para decirnos que
Él está ahí.
Salgo pensativo, a lo lejos el vagabundo está sentado en un
rincón, dormitando. Imagino cómo habría sido el día anterior, adquiriendo un
paquete de pastillas de menta en la tienda, o tomándolo de un alma caritativa
que se lo dio, y luego pensar: “Se lo daré a esa persona que conversa conmigo
todas las mañanas”…
Rara vez tenía presente en mi mente a esa persona, y solo
pensaba en ella durante ese momento específico en la mañana, sin embargo, él
pensaba en mí durante el día, buscando una manera de agradecerme… De repente
siento dolor en mi pecho. De repente siento la soledad de esta persona, cuya
mayor satisfacción en el día es tener la suerte de toparse con alguien que esté
dispuesto a ayudarle. Feliz de poder
regresar algo de esa satisfacción…
Agradezco a esta persona por su lección, por darme fuerzas
para seguir y recordarme que en este mundo, hay muchas personas que requieren
de una palabra agradable, de un gesto, de algo que les dé luz para continuar.
Y yo quiero ser una persona que esté presente para todos los
que lo necesiten.