Domingo, hermoso día para pasear. Hermoso día de Noviembre
en el que los rayos de sol se dejan escurrir por entre las nubes blancas
pintadas bajo un cielo de azul turquesa. Salgo de misa y veo en la plazuela de
la parroquia varios puestos de comida regional, de seguro para recaudar fondos
para algún fin loable. Me acerco con curiosidad, la comida me llama y me siento
a degustar lentamente. Estoy solo, como cada domingo. Respiro apaciblemente y
disfruto de las sensaciones que el día me ofrece. Agradezco a Dios infinito por
permitirme disfrutar aun cuando estoy sin compañía. Termino de comer y camino un poco
por la plazuela. El lugar parece antiguo, colonial, con historias y leyendas en
cada centímetro de construcción. Se me acerca un can, mueve la cola felizmente
y me mira a los ojos. Siento el impulso de acariciarlo y lo hago. Permanezco
así durante un buen rato. Y lleno de energía y compasión me despido de mi nuevo
y efímero amigo. Veo la felicidad de las personas y me dan ganas de abrazar,
ayudar y conocer a cada persona que me encuentro en el camino. Fantaseo con
poder ayudarles y sonrío al cielo. Todo iba bien.
Alan. Et lux in tenebris lucet
domingo, 15 de marzo de 2015
sábado, 6 de abril de 2013
El vagabundo solitario.
Era uno de esos días en los que mi mente me jugaba malas
pasadas e insistía en ahogarme en dudas y remordimientos, uno de esos días en
los que uno dudaba si las cosas que hacía en ese momento eran las correctas.
Listo para cambiar de rumbos aunque sin saber a dónde dirigirse.
Me encuentro caminando hacia la parada de autobús y hago mi
recorrido de siempre. Saludo al guardia de la institución gubernamental por la
que paso diario, camino frente a catedral metropolitana dispuesto a entrar a
hacer la pequeña oración diaria. A lo lejos, veo a un viejo vagabundo que me
espera diariamente, un vagabundo con el que converso un momento y le doy el
poco apoyo económico que puedo brindar con la mejor de las intenciones. Pero
esa vez estaba desmotivado, una parte de mi cabeza decía “siempre te espera solo
por el dinero, mira cómo se aleja en cuanto le das una moneda, ojalá no te
hable hoy, no tienes ni siquiera monedas para el camión”. En eso estaba mi tren
del pensamiento, cuando lo veo acercarse con una sonrisa penosa. Me detengo por
costumbre y me sorprendo al ver que esta vez, era yo quien iba a recibir algo.
Sonriendo me extiende un paquete de dulces, y me dice “toma, te guardé esto”. Lo miro sorprendido.
Dudo un segundo en tomar el paquete intacto de pastillas de menta. Lo rechazo
una vez, pero el viejito insiste. Pienso para mis adentros “Estaría mal impedir
que esta persona exprese su gratitud”. Y tomo el paquete un poco confundido.
Sonríe y se va.
“Mira cómo se aleja en cuanto te da una muestra de gratitud”…
Entro a catedral y escucho como el padre habla de encontrar
a Dios dentro de nosotros y en las personas que nos rodean, en encontrar a
Jesús en el mundo, en las señales que tenemos durante el día para decirnos que
Él está ahí.
Salgo pensativo, a lo lejos el vagabundo está sentado en un
rincón, dormitando. Imagino cómo habría sido el día anterior, adquiriendo un
paquete de pastillas de menta en la tienda, o tomándolo de un alma caritativa
que se lo dio, y luego pensar: “Se lo daré a esa persona que conversa conmigo
todas las mañanas”…
Rara vez tenía presente en mi mente a esa persona, y solo
pensaba en ella durante ese momento específico en la mañana, sin embargo, él
pensaba en mí durante el día, buscando una manera de agradecerme… De repente
siento dolor en mi pecho. De repente siento la soledad de esta persona, cuya
mayor satisfacción en el día es tener la suerte de toparse con alguien que esté
dispuesto a ayudarle. Feliz de poder
regresar algo de esa satisfacción…
Agradezco a esta persona por su lección, por darme fuerzas
para seguir y recordarme que en este mundo, hay muchas personas que requieren
de una palabra agradable, de un gesto, de algo que les dé luz para continuar.
Y yo quiero ser una persona que esté presente para todos los
que lo necesiten.
domingo, 6 de enero de 2013
El anciano desconocido...
En el bello puerto de Dieppe, Francia, con su tranquilidad, el olor del "pain au chocolat", las gaviotas, el viento fresco y limpio del mar del norte. El sol se ponía y no pude evitar maravillarme con tan hermoso paisaje: La playa, el cielo de ocaso y el castillo sobre los acantilados que se precipitaban al mar.
Un señor de la tercera edad me observaba con curiosidad, escuchaba música con una vieja radio, comía pan con queso y bebía vino, solitario y tranquilo.
Cuando finalmente decidí retirarme, el hombre me ofrece amablemente tomarme una fotografía con mi cámara que no había dejado de utilizar. Contento, respondí que si.
"Es una excelente imagen" expresé en francés cuando vi la fotografía que me había hecho. "Yo, yo hago, pasatiempo" me respondía con un acento extraño y con dificultades al hablar "pero a mi no me gustan los aparatos modernos como el tuyo". Y así comenzamos una interesante conversación. Hablamos de la ciudad, de la música, y siempre con la mano en el pecho y con un tono apasionado me decía "es verdad, es verdad". A mi me encantaron sus historias, imaginando cómo se escapaba cuando era joven a los conciertos para poder tomar fotografías de sus artistas preferidos. Me contó sobre su vida en Rouen y me mostró una vieja foto, con los estragos del tiempo, de la época cuando "aún tenía cabello". Pero sobre todo, me hablaba de su pasión por la fotografía y la música. Con sus palabras siempre llenas de entusiasmo, se encontraba, escondida, la necesidad de compartir su experiencia y la necesidad de mostrar a alguien que su vida había sido maravillosa.
Incluso si no nos comprendíamos cada palabra (Él hablaba de forma extraña y yo, aprendiz de francés), supimos comprendernos, pudimos hablar como si de viejos amigos se tratara.
Mientras escribo esto, es el día de su cumpleaños, y lo imagino ahí, sobre las rocas desgastadas por la marea, en espera de algo incierto. Lo imagino solitario, escapando de su casa de retiro donde habitaba, para relajarse, beber vino y degustar queso. Lo veo de nuevo hacerme una señal con su mano para decirme adiós cuando me alejaba y apenas podía percibirse en el horizonte. Cuando lo recuerdo, este encuentro me deja una sensación de nostalgia y de paz.
Las más bellas experiencias en un país nuevo, no se viven tal vez en los museos ni en los monumentos, sino las personas, que llegan para dejarnos un buen recuerdo...
sábado, 5 de enero de 2013
¡Oh! El amor.
Era la fiesta de despedida en Vichy, Francia. Y yo, delante de ella, tan triste. En sus ojos se vislumbraba también la tristeza. Su mirada fija en la mía y su boca que dibujaba una sonrisa melancólica. Era el adiós.
Algunos meses después, veo a las parejas de enamorados besarse delante de la torre Eiffel, parejas que se pasean en los alrededores del río Sena. Parejas que me hacen desear regresar el tiempo y ceder a mi deseo de besarla, aquella noche, en la fiesta de despedida.
Ya sabíamos que tendríamos que despedirnos. Yo viajaba a París y ella regresaría a Suiza. Pero aún había esperanza, y ninguno se atrevía a decir lo que ambos temíamos. El final estaba cerca y ese sueño de verano iba muy pronto a terminarse.
Sigo viendo a los enamorados que se pasean con los brazos entrelazados, como si ya nada más tuviera importancia, sumergidos en la pasión y en la felicidad. Pero ahora no veo esas maravillas lleno de tristeza o melancolía, las veo lleno de esperanza. La esperanza que nunca muere, ahora que estoy por tomar un tren hacia Suiza...
Francia, el país del amor apasionado. Los ríos, los jardines, las flores en primavera, el ambiente romántico con la música de acordeón que ambienta la ciudad. Todo esto nos viene a invitar al romance. Un romance ya sea efímero o eterno ...
jueves, 13 de septiembre de 2007
Normalmente escribo por gusto, escribo en cualquier parte, sin embargo esos escritos son olvidados y algunos tirados a la basura sin saberlo. Por lo tanto me he decidido transcribir algunos de ellos en este blog, por un lado para mejorar mi organización y otra para compartir lo poco que puedo expresar, y que no se quede todo en el olvido, como suele ocurrir con muchas cosas importantes.
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