sábado, 5 de enero de 2013

¡Oh! El amor.

     Era la fiesta de despedida en Vichy, Francia. Y yo, delante de ella, tan triste. En sus ojos se vislumbraba también la tristeza. Su mirada fija en la mía y su boca que dibujaba una sonrisa melancólica. Era el adiós.

     Algunos meses después, veo a las parejas de enamorados besarse delante de la torre Eiffel, parejas que se pasean en los alrededores del río Sena. Parejas que me hacen desear regresar el tiempo y ceder a mi deseo de besarla, aquella noche, en la fiesta de despedida.

     Ya sabíamos que tendríamos que despedirnos. Yo viajaba a París y ella regresaría a Suiza. Pero aún había esperanza, y ninguno se atrevía a decir lo que ambos temíamos. El final estaba cerca y ese sueño de verano iba muy pronto a terminarse.

     Sigo viendo a los enamorados que se pasean con los brazos entrelazados, como si ya nada más tuviera importancia, sumergidos en la pasión y en la felicidad. Pero ahora no veo esas maravillas lleno de tristeza o melancolía, las veo lleno de esperanza. La esperanza que nunca muere, ahora que estoy por tomar un tren hacia Suiza...

     Francia, el país del amor apasionado. Los ríos, los jardines, las flores en primavera, el ambiente romántico con la música de acordeón que ambienta la ciudad. Todo esto nos viene a invitar al romance. Un romance ya sea efímero o eterno ...

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