domingo, 6 de enero de 2013

El anciano desconocido...

     En el bello puerto de Dieppe, Francia, con su tranquilidad, el olor del "pain au chocolat", las gaviotas, el viento fresco y limpio del mar del norte. El sol se ponía y no pude evitar maravillarme con tan hermoso paisaje: La playa, el cielo de ocaso y el castillo sobre los acantilados que se precipitaban al mar.
     Un señor de la tercera edad me observaba con curiosidad, escuchaba música con una vieja radio, comía pan con queso y bebía vino, solitario y tranquilo.
     Cuando finalmente decidí retirarme, el hombre me ofrece amablemente tomarme una fotografía con mi cámara que no había dejado de utilizar. Contento, respondí que si.
    "Es una excelente imagen" expresé en francés cuando vi la fotografía que me había hecho. "Yo, yo hago, pasatiempo" me respondía con un acento extraño y con dificultades al hablar "pero a mi no me gustan los aparatos modernos como el tuyo". Y así comenzamos una interesante conversación. Hablamos de la ciudad, de la música, y siempre con la mano en el pecho y con un tono apasionado me decía "es verdad, es verdad". A mi me encantaron sus historias, imaginando cómo se escapaba cuando era joven a los conciertos para poder tomar fotografías de sus artistas preferidos. Me contó sobre su vida en Rouen y me mostró una vieja foto, con los estragos del tiempo, de la época cuando "aún tenía cabello". Pero sobre todo, me hablaba de su pasión por la fotografía y la música. Con sus palabras siempre llenas de entusiasmo, se encontraba, escondida, la necesidad de compartir su experiencia y la necesidad de mostrar a alguien que su vida había sido maravillosa.
     Incluso si no nos comprendíamos cada palabra (Él hablaba de forma extraña y yo, aprendiz de francés), supimos comprendernos, pudimos hablar como si de viejos amigos se tratara.
     Mientras escribo esto, es el día de su cumpleaños, y lo imagino ahí, sobre las rocas desgastadas por la marea, en espera de algo incierto. Lo imagino solitario, escapando de su casa de retiro donde habitaba, para relajarse, beber vino y degustar queso. Lo veo de nuevo hacerme una señal con su mano para decirme adiós cuando me alejaba y apenas podía percibirse en el horizonte. Cuando lo recuerdo, este encuentro me deja una sensación de nostalgia y de paz.
     
     Las más bellas experiencias en un país nuevo, no se viven tal vez en los museos ni en los monumentos, sino las personas, que llegan para dejarnos un buen recuerdo...

sábado, 5 de enero de 2013

¡Oh! El amor.

     Era la fiesta de despedida en Vichy, Francia. Y yo, delante de ella, tan triste. En sus ojos se vislumbraba también la tristeza. Su mirada fija en la mía y su boca que dibujaba una sonrisa melancólica. Era el adiós.

     Algunos meses después, veo a las parejas de enamorados besarse delante de la torre Eiffel, parejas que se pasean en los alrededores del río Sena. Parejas que me hacen desear regresar el tiempo y ceder a mi deseo de besarla, aquella noche, en la fiesta de despedida.

     Ya sabíamos que tendríamos que despedirnos. Yo viajaba a París y ella regresaría a Suiza. Pero aún había esperanza, y ninguno se atrevía a decir lo que ambos temíamos. El final estaba cerca y ese sueño de verano iba muy pronto a terminarse.

     Sigo viendo a los enamorados que se pasean con los brazos entrelazados, como si ya nada más tuviera importancia, sumergidos en la pasión y en la felicidad. Pero ahora no veo esas maravillas lleno de tristeza o melancolía, las veo lleno de esperanza. La esperanza que nunca muere, ahora que estoy por tomar un tren hacia Suiza...

     Francia, el país del amor apasionado. Los ríos, los jardines, las flores en primavera, el ambiente romántico con la música de acordeón que ambienta la ciudad. Todo esto nos viene a invitar al romance. Un romance ya sea efímero o eterno ...