domingo, 15 de marzo de 2015

Solo un momento.

Domingo, hermoso día para pasear. Hermoso día de Noviembre en el que los rayos de sol se dejan escurrir por entre las nubes blancas pintadas bajo un cielo de azul turquesa. Salgo de misa y veo en la plazuela de la parroquia varios puestos de comida regional, de seguro para recaudar fondos para algún fin loable. Me acerco con curiosidad, la comida me llama y me siento a degustar lentamente. Estoy solo, como cada domingo. Respiro apaciblemente y disfruto de las sensaciones que el día me ofrece. Agradezco a Dios infinito por permitirme disfrutar aun cuando estoy sin compañía. Termino de comer y camino un poco por la plazuela. El lugar parece antiguo, colonial, con historias y leyendas en cada centímetro de construcción. Se me acerca un can, mueve la cola felizmente y me mira a los ojos. Siento el impulso de acariciarlo y lo hago. Permanezco así durante un buen rato. Y lleno de energía y compasión me despido de mi nuevo y efímero amigo. Veo la felicidad de las personas y me dan ganas de abrazar, ayudar y conocer a cada persona que me encuentro en el camino. Fantaseo con poder ayudarles y sonrío al cielo. Todo iba bien.

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