Domingo, hermoso día para pasear. Hermoso día de Noviembre
en el que los rayos de sol se dejan escurrir por entre las nubes blancas
pintadas bajo un cielo de azul turquesa. Salgo de misa y veo en la plazuela de
la parroquia varios puestos de comida regional, de seguro para recaudar fondos
para algún fin loable. Me acerco con curiosidad, la comida me llama y me siento
a degustar lentamente. Estoy solo, como cada domingo. Respiro apaciblemente y
disfruto de las sensaciones que el día me ofrece. Agradezco a Dios infinito por
permitirme disfrutar aun cuando estoy sin compañía. Termino de comer y camino un poco
por la plazuela. El lugar parece antiguo, colonial, con historias y leyendas en
cada centímetro de construcción. Se me acerca un can, mueve la cola felizmente
y me mira a los ojos. Siento el impulso de acariciarlo y lo hago. Permanezco
así durante un buen rato. Y lleno de energía y compasión me despido de mi nuevo
y efímero amigo. Veo la felicidad de las personas y me dan ganas de abrazar,
ayudar y conocer a cada persona que me encuentro en el camino. Fantaseo con
poder ayudarles y sonrío al cielo. Todo iba bien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario